Thursday, January 10, 2008

La Séptima piedra y Yo

Tenía que escoger al azar una piedra negruzca. No importaba cuál. Sólo debía escoger, entonces tuve la necesidad de dudar, todas parecían iguales, todas tenían encajadas en el centro el verdor de la tierra. Tomé, después de pensarlo mucho, la séptima piedra negruzca. Era casi redonda, tenía algunas imperfecciones, pero brillaba o se oscurecía según la mirara uno. Al principio estaba oscura, opaca, pues la miré con indiferencia, sin intención de tomarla; pero cuando la observé detenidamente, entonces brilló. Aunque he de decir que era un brillo extraño, no como el de las luciérnagas o el de la nieve, no, era más bien un brillo menos escandaloso, más propio de un piedra negruzca.
La tomé, di las gracias y salí del zaguán blanco, atardecía, el sol se iba entregando al horizonte, palidecía.
Me fui directamente a mi patio, y ahí la desenvolví del papel celofán que la cubría.
Volvió a brillar. Y luego habló. Sí, tenía en mis manos una piedra distinta.
Desafortunadamente no logré entender su idioma, hasta siete días después, cuando hubo más confianza entre nosotros.
Cuando salía la llevaba conmigo, la guardaba en la bolsa de mi camisa y le enseñaba la ciudad.
Después de los siete días, la dejé en la casa. Entendí que no le gustaba viajar, dijo que se cansaba, que le pesaban los ojos como plumas y que el smog la mareaba. Por eso la dejé.
Entonces comencé a platicarle de mi vida. Llegaba en las noches, me sentaba junto a ella y le contaba lo aburrido, lo alegre o lo triste que había estado mi día. Ella oía, callaba y cerraba los ojos.
Hasta que un día me pidió le enseñara a bailar.
-¿Y para qué quieres aprender a bailar?
Le pregunté asombrado.
-Una piedra no baila, no lo necesita.
Y no dije más.
Desde entonces se mostraba hostil, si yo le platicaba algo, se movía, se dejaba deslizar hasta chocar con una pared y se dormía, (a veces llegué a pensar que estaba muerta). Y no volvió a brillar. No importaba cómo la mirara, no volvió a brillar.
Luego se empezó a poner blanca y por donde sus lágrimas corrían se empezaron a formas grandes surcos.
Cuando le decía que no llorara, que no se pusiera triste, que la tristeza la ponía pálida me contestaba:
-Pues enséñame a bailar.
-¿Pero cómo te voy a enseñar a bailar? Mírate, no tienes pies y apenas si puedes retener mis manos por un momento. Además no sé bailar. Lo siento, no puedo enseñarte a bailar.
Un día llevé a Sara a mi casa. Estuvimos platicando y bebiendo. Ya borracho la besé, le presenté luego a mi séptima piedra negruzca y reímos a carcajadas.
-Una piedra no habla- dijo y entonces comenzamos a bailar.
Y bailé con Sara toda la noche. Y amaneció y seguimos bailando.
No me acordé de mi piedra sino hasta el día siguiente, cuando la encontré junto al radio. Era entonces un pequeño guijarro delirante.
Había estado llorando todo este tiempo, sus lágrimas la habían erosionado.
La tomé entre mis manos y le pedí que me perdonara. Entonces sonrió. Se estaba muriendo, sus ojos se habían reducido a lágrimas, su boca estaba deforme, iba desapareciendo.
-Ayer bailaste
Me dijo con voz tibia.
-Sí, bailé.
Y cuando la acercaba a mis labios para darle un beso, se me cayó de las manos. Habíamos pasado siete meses juntos. Y no he visto colores más brillantes ni baile más exquisito desde que mi piedra se cayó de entre mis manos, exactamente cuando Sara salía del baño totalmente desnuda y se rompía en setenta y siete pedazos.

2 comments:

federico said...

Lo prometido es deuda. Este texto salió publicado cuando la renovación de la revista de Fundación Telmex, que pasaba de ser GBT (Gaceta Becarios Telmex) a Intersecciones BT. Un gran año para mí, debo decirlo. Estuve buscando la última versión, pero no la encontré, así que les dejo esta que todavía está en bruto, con cacofonías y rimas involuntarias. Espero que no desluzcan tanto al texto.

Anonymous said...

Gracias, muy agradecido, muy agradecido y muy agradecido...