Antagonías jónicas hereditarias

Monday, August 22, 2016

Erandy modela cuerpos con el aire. Mueve los brazos al son de la música y el rastro de sus dedos marca siluetas que danzan y la siguen alrededor del cuarto, felices, felices. Erandy se inclina y levanta, salta y el aire la mantiene suspendida y se eleva sonriente, se eleva hasta rebasar el techo, hasta alcanzar las nubes, blancas como su sonrisa, humo como los cientos de cuerpos que la siguen mirándola bailar, taconear en el cielo, que a cada paso de Erandy se vuelve púrpura y violeta y amarillo. Alrededor de ella el río de siluetas la inunda, la arrastra, la avienta y recupera, remolino de colores, arcoíris de notas, fragancia de caricias y labios que le llenan el cuerpo de agradecimiento infinito. Erandy, desnuda, silenciosa, baila sobre un océano de siluetas un baile de siglos encadenados en sus tobillos, un baile de via láctea y de luces verdes. Baila, compás ininterrumpido, hasta que un dios alado, un coral, un beso y una calma, hasta que los años y sus días y sus horas, hasta que el cansancio y la lluvia, hasta que la música y el cuerpo, hasta que la soledad y el silencio y la resaca y los versos y la muerte misma, hasta el murmullo disidente de la música y de sus pasos, hasta la noche que invade y quema, hasta el centro de todos los cuerpos y sus sombras y sus fantasmas y secretos. Hasta la vida que la lleva sobre sus brazos y la recuesta y la teme y la ama.

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